30 de Octubre: Responder con obediencia cuando Dios nos llama

 


Devocional

Antiguo Testamento: Ezequiel 1–3

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PREÁMBULO

Al acercarme hoy a la Palabra de Dios, quiero disponer mi corazón para escuchar Su voz con atención y responder con obediencia. Dios sigue llamando, guiando y encomendando propósitos conforme a Su voluntad, y deseo aprender a confiar en Él aun cuando no conozca todo lo que vendrá. Que esta lectura me lleve a mirar a Cristo y a recordar que seguir al Señor siempre comienza con un corazón dispuesto a decirle: aquí estoy.

ORACIÓN ANTES DE LA LECTURA BÍBLICA

Padre celestial, te adoro porque eres santo, sabio y digno de toda mi confianza. Reconozco que muchas veces he dudado, he sentido temor o he querido seguir mis propios planes antes que los tuyos. Gracias por tu paciencia, por tu gracia y por hablarme por medio de tu Palabra.

Al comenzar esta lectura, dame un corazón humilde, sensible y dispuesto a obedecerte. Ayúdame a cumplir aquello que me encomiendes, aun cuando la tarea sea difícil o requiera dejar mis seguridades. Fortalece también a quienes anuncian y enseñan tu Palabra; concédeles fidelidad, sabiduría y valentía para proclamar tu verdad sin apartarse de ella.

Abre mi entendimiento y permite que hoy escuche tu voz con reverencia y fe. En el nombre de Jesucristo. Amén.

ENSEÑANZA DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Ezequiel 1–3 — Responder con obediencia cuando Dios nos llama

El libro lleva el nombre del profeta Ezequiel, sacerdote y profeta, quien ejerció su ministerio entre los judíos llevados cautivos a Babilonia. Su llamado profético comenzó aproximadamente en el 593 a. C., durante el exilio, y su ministerio se extendió por varios años. Ezequiel pertenece a los libros proféticos del Antiguo Testamento, específicamente a los llamados Profetas Mayores. Dios levantó a Ezequiel para comunicar Su Palabra a un pueblo rebelde, anunciar las consecuencias de su pecado y mostrar que, aun en medio del juicio y del exilio, Él continuaba siendo soberano. El libro también anuncia esperanza, restauración y la obra renovadora que Dios realizaría en Su pueblo.

Ezequiel se encontraba entre los cautivos judíos en Babilonia, lejos de Jerusalén y de todo aquello que había formado parte de su vida como sacerdote. En ese escenario de pérdida e incertidumbre, Dios se manifestó a él de una manera extraordinaria y lo llamó para ser profeta. La misión no sería sencilla: debía hablar a un pueblo que muchas veces se negaría a escuchar. Sin embargo, el éxito de su llamado no dependería de la respuesta de las personas, sino de su fidelidad al Dios que lo enviaba.

Enseñanza

Los primeros capítulos de Ezequiel comienzan llevando mi mirada hacia la grandeza de Dios. Antes de decirle al profeta lo que debía hacer, Dios le permitió contemplar una visión impresionante de Su gloria. Ezequiel vio algo semejante a un trono y, sobre él, una figura rodeada de resplandor. Ante aquella manifestación declaró: “Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová” (Ezequiel 1:28). Su reacción fue inmediata: cayó sobre su rostro.

Esto me recuerda algo importante acerca del llamado de Dios: antes de mirar la tarea, necesito mirar a quien me llama. Cuando comprendo, aunque sea en parte, Su grandeza, mi obediencia deja de depender únicamente de si aquello que me pide parece fácil, conveniente o acorde con mis planes. Dios es digno de mi obediencia porque Él es Dios.

Después de mostrarle Su gloria, el Señor llamó a Ezequiel y le dio una misión concreta: “Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel” (Ezequiel 2:3). Pero inmediatamente le advirtió que sería enviado a personas rebeldes y difíciles de escuchar. Ezequiel no recibió la promesa de que todos aceptarían su mensaje; recibió la responsabilidad de comunicar fielmente lo que Dios dijera.

Aquí encuentro una verdad que confronta mi corazón: obedecer a Dios no significa que siempre veré inmediatamente los resultados que deseo. Hay ocasiones en las que puedo hacer lo correcto y, aun así, encontrar resistencia. Mi responsabilidad no es controlar la respuesta de los demás, sino permanecer fiel a aquello que Dios verdaderamente me ha encomendado.

Por eso el Señor le dijo: “No temas a ellos, ni tengas miedo de sus palabras” (Ezequiel 2:6). Dios conocía las dificultades antes de enviar a Ezequiel. No estaba ignorando el peligro ni minimizando el rechazo; estaba enseñándole que el temor a las personas no debía ser mayor que su confianza en Él.

Sin embargo, antes de hablar al pueblo, Ezequiel tenía que recibir personalmente la Palabra. Dios le entregó un rollo y le ordenó comerlo. El profeta relata: “Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel” (Ezequiel 3:3). Esta imagen me enseña que no puedo transmitir fielmente una Palabra que primero no he recibido en mi propio corazón. Antes de hablar, enseñar, aconsejar o servir, necesito permitir que la verdad de Dios me alimente y me transforme.

Finalmente, Dios estableció a Ezequiel como atalaya para Israel: “Oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte” (Ezequiel 3:17). La autoridad de Ezequiel no provenía de sus propias ideas. Primero debía escuchar a Dios y después comunicar lo que había recibido de Él.

También yo necesito conservar ese orden: escuchar antes de hablar y obedecer antes de pretender enseñar.

En Jesucristo encuentro el ejemplo perfecto de esta obediencia. Él cumplió plenamente la voluntad del Padre, incluso cuando el camino lo llevó hasta la cruz. Su obediencia no solamente es un ejemplo que contemplo; por medio de Él he recibido gracia, salvación y una nueva vida desde la cual puedo aprender a caminar en obediencia.

Ezequiel 1–3 me invita, entonces, a no comenzar preguntando cuánto me costará aquello que Dios pone delante de mí, sino a recordar quién es el que me llama. Si Él me encomienda algo conforme a Su Palabra, puedo responder con humildad y confianza. Tal vez no conozca todos los resultados ni pueda controlar cómo reaccionarán los demás, pero sí puedo decidir que mi respuesta al Señor sea fiel.

APLICACIÓN

Hoy quiero preguntarme con sinceridad: ¿hay algo que sé que Dios quiere que haga y que he estado posponiendo por temor, comodidad o inseguridad?

Quizá necesite hablar con verdad y amor, servir donde hace falta, perdonar, abandonar algo que no agrada a Dios, dar un paso que he evitado o permanecer fiel en una responsabilidad que se ha vuelto difícil. No necesito tener resuelto todo el camino para comenzar a obedecer.

Antes de actuar, quiero acudir a la Palabra y asegurarme de que aquello que considero un llamado está de acuerdo con ella. Después, quiero pedir al Señor la humildad y la valentía necesarias para responder. Mi responsabilidad es escuchar Su voz en las Escrituras, confiar en Él y obedecer; los resultados puedo dejarlos en Sus manos.

ORACIÓN FINAL

Padre celestial, al contemplar tu grandeza reconozco que eres digno de toda mi adoración, confianza y obediencia. Gracias porque tu Palabra me guía y porque en Jesucristo me has mostrado la obediencia perfecta y me has dado gracia para seguirte.

Perdóname por las ocasiones en que el temor, la comodidad o mis propios planes han sido más importantes para mí que hacer tu voluntad. Enséñame a escuchar primero tu voz en tu Palabra y a guardar tu verdad en mi corazón.

Cuando me encomiendes algo, dame humildad para aceptarlo, sabiduría para realizarlo y valentía para permanecer fiel aunque sea difícil o no vea inmediatamente los resultados que espero. Que nunca hable en tu nombre desde mis propias ideas, sino que tu Palabra sea la que dirija mis decisiones y mis palabras.

Señor, quiero estar disponible para ti. Ayúdame a responder con fe y obediencia cuando me llames, confiando en que tú conoces el camino y permanecerás conmigo.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

🎵 Canción: Ante Tu Gloria

Al contemplar la grandeza y santidad de Dios, mi corazón encuentra una sola respuesta: adorarlo. “Ante Tu Gloria” es una canción inspirada en Ezequiel 1–3 que nos invita a reconocer que toda la gloria y la honra pertenecen al Señor, escuchar Su Palabra y responder a Su llamado con obediencia.



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